SW Squadrons – EA publica en su web dos relatos canon ambientados en el nuevo juego de combates espaciales

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Hace ya dos semanas que ha llegado a nuestra galaxia favorita Star Wars: Squadrons, el juego de combates espaciales desarrollado por la compañía EA. Y este juego no es lo que único que nos ofrece EA en el nuevo ‘lore’ de Star Wars que nos trae este juego. Y es que ahora podemos encontrar dos relatos cortos que forman parte del Canon Disney. Estos relatos amplían la historia del propio juego, al igual que hace el corto que os trajimos hace unos días.

Estos relatos podemos encontrarlos tanto en su versión original en la web internacional de EA, como ya traducidos en su web de dominio español.

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  • Máquina de palomitas de maíz
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Ambos relatos, cuyos títulos son La luz que nos brindas y Cuenta hasta tres, están escritos por Joanna Berry. Berry es ya una antigua conocida de la franquicia de Star Wars, ya que es autora de algunos relatos desarrollados en torno al juego multijugador en línea Star Wars: The Old Republic.

Sin más dilación, os dejamos con los relatos. ¡Que los disfrutéis!

LA LUZ QUE NOS BRINDAS

Un relato corto de STAR WARS: Squadrons escrito por Joanna Berry

Cuando mantienes un rumbo firme, casi a velocidad de flanco, y mil estrellas centelleantes se abalanzan sobre ti, tu mundo se convierte en algo brillante y sencillo.

Sientes la vibración del motor a través de la planta de lo pies y del fino cuero de bantha de tus guantes en el acelerador. Es el equivalente a conseguir el tono perfecto con el viol para un músico entrenado. Un ajuste demasiado alto o demasiado bajo y te juegas calar el motor, un desastre para tu escuadrón al entrar en combate. Pero el Ala-A es un caza estelar para temerarios; está pensado para situaciones extremas. No se calará. Lo sabes, con la misma certeza por la que sabes cómo te llamas…

«Ya está bien, Keo. No vas a impresionar a nadie pilotando con los ojos cerrados».

Keo Venzee abrió los ojos y miró a la derecha, sonriendo al bombardero Ala-Y con detalles en verde y azul que ahora volaba junto a elle. Su fuselaje se estremeció visiblemente al intentar mantener el ritmo.

Frisk, el compañero de escuadrón de Keo, le saludó a través del cristal de la cabina con sus tres dedos cubiertos de escamas. Su voz profunda volvió a resonar por las comunicaciones. «Todos sabemos que para ti es coser y cantar, figura». No hace falta que lo demuestres».

Keo se encogió de hombros. «Con ese Ala-Y, debes de ser toda una autoridad sobre lo de pilotar medio dormido…».

«¡Ja!».

Los dos se ladearon contra las estrellas. Más adelanté, Keo discernió un sutil velo dorado: el rastro de la Nebulosa Ringali, entretejiendo su paso por todo el sector Bormea. Muy por detrás de ellos, había una pequeña flota de corbetas de la Nueva República, una fragata Nebulón-B y el poderoso crucero estelar MC-75, la Templanza, junto a un destacamento de cazas estelares que conformaba el Escuadrón Vanguardia. Su escuadrón.

Keo deceleró el Ala-A con una destreza fruto de la experiencia. Este mirialane, con su piel de tono entre amarillo y verdoso, no aparentaba más de veintipocos años y no parecía tener suficiente experiencia como para ser un piloto veterano. Un buen número de competidores de carreras, y más adelante de pilotos imperiales, habían pagado por cometer el error de juzgarle. «Qué bien sienta estirar las alas por fin, aunque solo sea una patrulla rutinaria».

Frisk sonrió a Keo a través del cristal del Ala-Y; no era fácil ver así a un trandoshano. Su hocico color crema sobresalía del maltratado casco, dejando entrever unos dientes afilados. «Ya te digo. ¿Tres semanas sin salir de la flota? Es cosa del protocolo de la Nueva República, hazme caso. Cuando estábamos en la Rebelión, nadie tenía tiempo para estar así».

Keo se recostó en el asiento. «Salvo que sea por una buena razón».

«Bueno, no me gustan los chismes pero…», Keo apenas contuvo la risa, con la mano sobre el comunicador, «en la partida de sabacc de anoche, me enteré de que están preparando una nueva operación secreta. Una de las grandes».

«¿No te han prohibido jugar al sabacc en la sala de oficiales?».

«Yo no he dicho que fuera en la sala de oficiales. No hay que perder la práctica».

«Ah, por cierto», dijo Keo. «Voy atrasade con mi entrenamiento. En la flota no puedo practicar técnicas como esta».

Escuchas el motor con atención, sabes hasta dónde puede llegar, y entonces… pisas a fondo.

El Ala-A se despegó de la formación, giró a babor y dio una vuelta completa, quedándose sobre el Ala-Y, sobrevolando, y casi rozando, la cabina de Frisk. Luego, se elevó y aceleró para alejarse con tanta potencia que la propulsión del motor apenas cosquilleó el morro del Ala-Y.

Keo rio entre dientes, volviendo a posicionar el Ala-A en formación. «Ese movimiento me hizo ganar el Gran Premio del Atardecer de Socorro».

Frisk resopló. «Vale, sí… cualquiera puede hacer piruetas con un Ala-A. Con un bombardero no es tan fácil». Keo escuchó el crujido de nudillos. «Si lo que quieres es destreza de verdad, mira esto».

«Ardo Barodai a la patrulla». Una voz ronca, pero no fría, irrumpió en sus cascos. «Cuando hayáis terminado de hacer el payaso, volved a la Templanza. Tengo un nuevo encargo para vosotros».

Keo y Frisk intercambiaron una mirada entre cabinas.

«No hay que discutir con el jefe», dijo Keo.

Frisk frunció el ceño mientras daban media vuelta hacia la flota. «Mi maniobra también iba a ser tremenda».

«No lo dudo». Keo activó los impulsores. «Para un Ala-Y».

#

«La tarea es sencilla», explicó Ardo en la sala de reuniones de la Templanza. «Pero os encargaréis solo los dos. Y deberéis ser discretos».

«Ya me conoce, señor», dijo Frisk, orgulloso. «Soy discreto como nadie; si se trata de nuestra nueva operación secreta, nadie se enterará de nada».

Keo le dio un codazo. «Pues empezamos bien…».

El jefe de Inteligencia del Escuadrón Vanguardia, Ardo Barodai, los estudió pensativo. Era un mon calamari de constitución fuerte, solía llevar los ojos entrecerrados y el uniforme arrugado; parecía que cualquier cosa que se pusiera se arrugaba al momento. Los pilotos novatos de Vanguardia se reían de ello a sus espaldas. Los veteranos como Frisk y Keo se dirigían a Ardo como «señor», porque habían visto al apacible y descuidado mon calamari echarle un vistazo a una pantalla táctica, dar un par de órdenes, y quebrar la formación de una flota imperial como si de un huevo de geejaw se tratara.

«No sé qué chismes has oído en la flota», continúo Ardo, «pero el nuevo comandante del Escuadrón Vanguardia llegará pronto, y tengo mil cosas que organizar. Por eso tengo que delegar».

«¿Y por qué nosotros?», preguntó Keo. «No somos de Operaciones Especiales ni de Inteligencia».

«Porque une excorredore y un ex… Bueno, Frisk y tú encajaréis a la perfección». Ardo activó la holomesa y abrió una carta estelar, ampliando la vista en las tres estaciones de apariencia decrépita en la órbita de un enorme gigante gaseoso.

«Esta es la Tríada de Navlaas», dijo Ardo, enganchando sus pulgares palmeados en el cinturón. «Hubo un tiempo en el que estas tres estaciones gozaron de un próspero negocio automatizado de gas clouzon: minado, procesado y refinado», fue señalando las estaciones mientras enumeraba. «Las barcazas droides las comunicaban entre sí, manteniendo todo en marcha día y noche. Eso fue antes de la guerra, claro. El Imperio exprimió demasiado a la compañía minera. Ahora las estaciones no son más que puestos de repostaje para contrabandistas, organizaciones de carreras ilegales… y cualquiera que intente pasar desapercibido en el Borde Interior».

«Oye, ¿y por qué me has mirado al decir lo de «contrabandistas»?», protestó Frisk.

«Porque no paras de hablar de pasar el rato en los bajos fondos galácticos», dijo Ardo, con suavidad

«Sí, pero no de contrabando. La venta de piezas de coleccionista es un negocio legítimo».

«Le pusieron precio a tu cabeza», recalcó Keo.

A Frisk se le escapó una risita. «Venderlas es un acto legítimo. Yo no tengo la culpa de que el gobernador imperial no comprobara si eran auténticas».

«Ejem». Ardo amplió el holograma, centrando la vista en una de las estaciones. «Había una agente de la Nueva República trabajando en un sistema cercano, pero el Imperio se acercó demasiado. Por su último informe, iba a llevar cierta información a uno de mis contactos en la estación Daralto de la Tríada, justo aquí. Necesito que vayáis a recuperarla. Con discreción».

Keo frunció el ceño. «Has mencionado al Imperio…».

«Sabemos que han pasado cerca patrullas imperiales. Algo no huele bien, pero no les ataquéis. Entrad sin que os detecten y salid de allí».

«Derribar unos cuantos TIE nunca viene mal», comentó Frisk.

La expresión de Ardo se endureció. «Esta vez no. Si el Servicio de Inteligencia Imperial detecta actividad de la Nueva República allí, esta operación en concreto podría verse comprometida». Miró a los dos. «Lo digo en serio. Necesito que os encarguéis de ello siguiendo todos los protocolos».

Frisk suspiró. «Lo que haga falta. ¿Verdad, figura?»,

Keo había dejado de escuchar. Estaba estudiando el esquemático holograma azul de la mesa de reuniones, con el ceño todavía fruncido.

A veces, la experiencia y la intuición actúan sin que lo notes y llegas a una conclusión que simplemente está ahí, sin que la hayas buscado, pero imposible de negar al mismo tiempo. Y sencillamente lo sabes…

«¿Estás pensando en algo, Keo?», preguntó Ardo con delicadeza.

Keo volvió en sí. «No, señor. Nosotros nos encargamos».

A veces, lo único que sabes es que va a haber problemas.

* * *

Podéis seguir leyendo el resto del relato en la siguiente página.

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CUENTA HASTA TRES

Un relato corto de STAR WARS: Squadrons escrito por Joanna Berry

Respira.

Recuerdas cómo hacerlo, tú mismo te enseñaste cuando te reconstruyeron por primera vez. Inspira contando hasta tres, mantén, espira contando hasta tres, mantén. Vuelta a empezar.

Recuerda la rutina. Recuerda aceptar el dolor en el cuello, en el pecho y en los brazos. Es señal de que sigues con vida… por ahora.

Pero solo mientras dure la rutina. Así que cuenta, y respira, o muere…

#

Shen recuperó la consciencia tumbado bocarriba. Las luces de emergencia pintaban las paredes a su alrededor de un rojo brillante y un negro absoluto, una y otra vez. No había sonido alguno. La explosión le había lanzado contra una pared con fuerza suficiente como para abollarla; el casco de Shen, que normalmente era sus ojos y oídos, debía haber sufrido daños.

Respira. Oriéntate.

¿Qué ha ocurrido?

Los recuerdos empezaron a volver poco a poco. Iba a bordo del portanaves imperial clase Fuego de Quasar llamado Diligencia. Le habían asignado temporalmente a una misión de reconocimiento rutinaria como avanzadilla del Escuadrón Titán. Shen recordaba haber vuelto de la cocina tras el desayuno. Había pasado junto a dos pilotos de TIE jóvenes que estaban cuchicheando en el pasillo. Se habían callado cuando Shen pasó a su lado, reanudando con fuerzas renovadas la conversación en cuanto se hubo alejado.

Lo último que recordaba era la alerta de proximidad de misil.

Ahora, cerca de él, yacían muertos los dos pilotos, hilos de sangre brotando de las orejas y la nariz. Aquello no le sorprendió. Se había producido lo suficientemente cerca como para matar a un hombre ordinario del propio impacto.

Pero Shen no era un hombre ordinario. No del todo; no tras haber sido reconstruido tan a fondo y con tanta frecuencia. La mayoría de pilotos de TIE no sobrevivían a su primer choque. Shen había sobrevivido a todos, pero había pagado el precio por ello.

Se incorporó, notando cómo volvían a activarse los servos cibernéticos del cuello que se rompió ya hace tiempo, ajustándose a través de los canales del casco. No sentía dolor, se había entrenado para ignorarlo, aunque sí notaba una extraña tensión, algo molesta, en el pecho.

«Me hago viejo», se dijo, pero la gracieta no ayudó.

La estática le inundó el casco y, entonces, el resto del mundo volvió de golpe. Una alarma estridente. Los quejidos de las vigas de acero. El lento siseo de su respiración siguiendo la rutina familiar: tres, mantén, tres, mantén… Entonces, mientras cambiaba al canal local del Escuadrón Titán, escuchó a alguien maldecir a voces y con cierta creatividad.

«… maldito chupahutts, esnifanerfs, pedazo de… ¡Venga!».

«Vonreg», dijo Shen.

Escuchó varios roces y luego: «¿Shen? Has sobrevivido… bueno, no sé de qué me sorprendo. ¿Qué ha pasado?».

«Un ataque con misiles».

Vonreg rechinó con fuerza los dientes. «¿Aquí? ¡Se supone que este sistema es seguro!».

«Ya».

«Tenemos que llegar al puente cuanto antes. Estoy cerca, pero la puerta al acceso central está atascada». Se escuchó el golpe sordo de una pesada bota de combate golpeando una puerta.

Shen se incorporó y, justo cuando iba a responder, un temblor atravesó la chapa de la cubierta. Sus implantes cibernéticos le transmitieron el temblor con todo lujo de detalles y, por experiencia, supo exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.

«No hay tiempo», dijo. «La nave está acabada».

«¿Cómo?».

«La nave está acabada. Tenemos que irnos».

Vonreg nunca ponía en duda los instintos de Shen. «Vale, pero parece que hemos perdido los hangares de estribor. Podemos olvidarnos de los cazas TIE».

«Pues vamos a por el segador. He visto uno en el hangar de babor».

Se escuchó un pitido. «Vale… parece que el de babor sigue intacto. Solo tengo que conseguir abrir esta compuerta…».

«Voy para allá», le dijo Shen.

#

El interior del Diligencia era una auténtica pesadilla de conductos chispeantes, humo eléctrico, gritos de heridos y oficiales bramando órdenes. Shen atravesó el caos todo lo rápido que pudo, como si se tratara de un mal sueño; aun así, no se le antojó suficientemente rápido. Tan solo se detuvo para golpear la alarma de evacuación de cubierta. Las destellantes luces rojas pasaron a un parpadeo amarillo veloz, y las luces de evacuación del suelo se encendieron, señalando el camino a las cápsulas de escape.

Shen las ignoró. Sabía a dónde iba.

El problema iba a ser la compuerta al acceso central. Le había caído una viga encima, hundiéndola en el sitio. Al otro lado, Shen escuchó a alguien gruñendo de frustración, cual nexu enjaulado. «¿Vonreg?».

«¡Estoy aquí!».

Shen colocó el hombro bajo la viga, comprobó su peso, y la apartó con facilidad, aunque aquello hizo empeorar claramente la extraña tensión que sentía en el pecho.

«¿Desbloqueo manual?», preguntó.

«Ya he probado. No funciona».

Shen estudió la compuerta y se agachó, introduciendo los dedos en los asideros del borde. «La levantaremos. A la de tres».

«Vale. Una, dos…».

Cuando Vonreg dijo «tres», Shen tiró con fuerza. La puerta chirrío con el roce, agravando todavía más la tensión que sentía en el pecho, pero Shen la ignoró, consagrando sus dos metros de músculos, sistemas cibernéticos y terquedad a levantarla. Una delgada figura, con un uniforme de piloto de TIE, atravesó el hueco; en cuanto hubo cruzado, Shen soltó la puerta, que provocó un fuerte ruido sordo.

«Buen trabajo», dijo Havina Vonreg, incorporándose y quitándose el polvo enérgicamente. Físicamente, debía de ser la mitad de Shen; compacta, como un detonador térmico. Una cicatriz le atravesaba el pelo medio rapado. «Deberíamos… ¿Qué diantres?»,

dijo mientras señalaba algo. Shen miró hacia abajo. Llevaba ocho centímetros de duracero serrado atravesados bajo la clavícula. Un trozo de los restos debió atravesar su armadura con la explosión. Eso explicaba la tensión: la sombra del dolor que no sentía.

«Olvídalo», dijo. «Evacuemos primero».

Vonreg miró la barra con preocupación, pero agitó la cabeza. «Te sigo».

El hangar de babor estaba intacto, pero hecho un desastre. Los misiles habían soltado los cazas TIE de sus soportes de carga, convirtiéndolos en amasijos humeantes esparcidos por la cubierta. El segador TIE, de perfil liso y suficientemente grande como para transportar a un comando entero, estaba a un lado. Probablemente estuviera en la cubierta por tareas de mantenimiento. El ala de un TIE le había caído encima, pero por lo demás parecía intacto.

Mientras corrían hacia él, Shen notó otro temblor atravesar la cubierta. Era peor que el anterior. No había tiempo para buscar supervivientes.

«Vonreg, date prisa», le dijo.

Vonreg tan solo se paró a coger un casco de una repisa medio derruida. «Te sigo. ¿Cómo de malo va a ser?».

«Catastrófico». Shen llegó al segador, desconectó la alimentación de combustible, y bajó la rampa. Vonreg entró corriendo; él la siguió y se abrochó el cinturón en el asiento del piloto, pasando la inspección prevuelo lo más rápido posible. Vonreg se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón. «Lista».

«Agárrate», advirtió Shen.

Estaba acostumbrado a compensar la carga asimétrica de los bombarderos TIE. Este segador estaba diseñado para el despliegue rápido de tropas; despegó en un instante, liberándose del ala del TIE que casi lo había inmovilizado, y salió disparado del hangar, atravesando el escudo magnético.

El segador continuó hasta llegar a una distancia segura, atravesando una nube de escombros que hizo sisear sus escudos. Pronto, a lo lejos, el Diligencia se convirtió en una punta de lanza ancha y gris, abrasada por los misiles, su cara estribor restallando con electricidad. Unas motas diminutas se alejaban de ella: cápsulas de escape, u otros TIE, evacuando.

Vonreg se incorporó en su asiento, apretando los puños enguantados contra los reposabrazos. «Fíjate»,

Shen empezó a contar en voz baja.

«¡Y dijeron que Nuvar era un sistema seguro! ¿A qué ha estado jugando Inteligencia desde Endor? ¿Al zinbiddle? Cuando la capitana Kerrill se entere de esto…».

¡Zuuuuu-uuum!

Una cegadora luz azul se expandió frente a ellos. Vonreg se cubrió los ojos; Shen dejó que su casco lo compensara. Cuando la luz desapareció, vieron al Diligencia partido en tres pedazos separándose lentamente. Varias secciones del casco en llamas empezaron a despegarse.

«Sobrecarga del reactor», explicó Shen.

«Había doscientas personas en ese portanaves», añadió Vonreg. Su rostro pálido era pura ira.

Empezó a trabajar en su consola. Shen se quedó mirando arder al Diligencia, pilotando el segador con suavidad. Desde Endor, había visto demasiadas naves caer.

«Allí», dijo Vonreg. Abrió una carta del sistema Nuvar. La trayectoria calculada llevaba a la luna del segundo planeta. «Parece que los misiles provenían de una estación defensiva orbital, justo aquí. De una estación imperial».

Shen se inclinó hacia delante. «¿Nuestra?».

«Eso dicen los registros. Al parecer, la capturamos de las fuerzas rebeldes… o de la Nueva República, como se llamen ahora, hace dos meses».

«Mmm».

«¿Verdad? ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué iba nuestra propia estación a derribar al Diligencia?».

Vonreg se quedó mirando a las estrellas. «Tenemos que encargarnos de esto. Ir a la estación, entrar, y averiguar qué ha pasado. Podría haber sido un sabotaje rebelde, o algún polizón, o…».

«Hay supervivientes», Shen señaló con la cabeza hacia los restos, y los destellos de las cápsulas de escape alejándose de ellos.

«¿Y cuánto tiempo sobrevivirán si esa estación vuelve a lanzar misiles?», le preguntó Vonreg. «Por no mencionar al resto del Escuadrón Titán. Si saltan a esta posición, serán presa de una emboscada con otra salva de misiles… perderíamos a más gente que en Var-Shaa». Ella cerró el puño. «No. Los supervivientes pueden esperar mientras lidiamos con ello».

«No somos un comando».

Vonreg se volvió para gritarle. «Mis hermanos murieron en un ataque como este», le espetó. «Una salva de torpedos rebeldes, y la mitad de mi familia desapareció, ¡así, sin más!», dijo con un chasquido de dedos. «Al infierno con los protocolos de misión. ¡Abriré la estación con mis propias manos antes de perder a un piloto más así!». Vonreg le miró con determinación. «¿Eres mi compañero o no?».

Shen la miró con atención. Estaba acostumbrado su pasión y furia en combate, pero esto era distinto. «Vale».

«»¿Vale?»».

«Vale. Me apunto».

Vonreg se calmó, pero su rostro no cambió de expresión. «Bueno, está bien. Me alegro de oírlo».

Se le escapó la mirada al pecho de Shen, de donde todavía sobresalía la esquirla de duracero. «Pero, antes, tenemos que ocuparnos de eso».

Shen se encogió de hombros. «Haría falta una enfermería… o un mecánico. Puede esperar».

Vonreg sacudió la cabeza, se levantó, fue al compartimento de tropas del segador, y volvió con un medipac. «Al menos tómate unos antibióticos, haz el favor».

Se intercambiaron los asientos, y Shen se inyectó metódicamente los tres estimulantes del medipac y se limpió buena parte de la sangre mientras Vonreg cambiaba el rumbo del segador. Miraba continuamente hacia él.

«Da la impresión de que no te duele», comentó.

«No me duele».

«Venga ya. ¿Cómo no te va a doler?».

«Cuestión de práctica». Shen de deshizo de los estimulantes usados y accedió a los controles del copiloto. Ya sentía sus sistemas, tanto los orgánicos como los demás, recuperando el equilibrio.

Vonreg resopló. «Tenemos eso en común. Menos sentir… y más luchar. Probablemente por eso nos entendemos».

Shen comprobó la trayectoria y velocidad del segador.

Pasado un rato, Vonreg confesó: «Mi hermano pequeño, Hedrian… no murió directamente por los torpedos rebeldes. Consiguió volver al hangar, lo que quedaba de él, antes de que…», sus manos se movían por los controles con una minuciosidad producto de la experiencia, pero sus ojos estaban fijos más allá, en algún horror entre sus recuerdos. «Fue un final terrible. En el Diligencia, muchos más, demasiados, habrán acabado igual».

Shen dijo simplemente: «Pero tú no lo sientes».

Viajaron un buen trecho en silencio, antes de que Vonreg contestara. «Si eres de naturaleza sensible, solo puedes llegar hasta cierto punto antes de sobrecargarte… Y, cuando eso ocurre, si quieres seguir adelante, tienes que encontrar cualquier cosa, aunque solo sea un objetivo. Lo que haga falta para seguir adelante. El resto no debe ser más que ruido… para sobrevivir».

Vonreg le miró por encima del hombro. «Si le cuentas a alguien que he dicho eso…».

«¿Por qué iba a hacer eso?».

«Ya». Se enderezó. «Arreglemos esto».

Shen asintió.

* * *

Podéis seguir leyendo el resto del relato en la siguiente página.

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¿Qué os han parecido los relatos? ¿Cuál os ha gustado más de los dos? Parece que el ‘lore’ de este juego puede expandirse más allá de sí mismo. ¿Os gustaría una novela, o serie de novelas, o serie de algún tipo ambientada en esta época post Batalla de Endor y con estos personajes? Dejadnos vuestras impresiones en la sección de comentarios situada más abajo.

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Star Wars: Squadrons salió a la venta el 2 de octubre de 2020 para PS4, Xbox One y PC.

Fuente: EA


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